LUNA LLENA DE COTUBRE

Luna Llena




El plenilunio o luna llena es una  fase lunar que sucede cuando nuestro planeta se encuentra situado exactamente entre el Sol y la Luna. Ocurre cada 28 días cuando se completa el ciclo lunar.
El hemisferio visible de la Luna alcanza su mayor iluminación, no siendo posible distinguir con detalle los accidentes de su superficie debido a la ausencia de sombras.
En los Estados Unidos y en algunas partes de Canadá y Europa es tradicional asignar nombres especiales a cada luna llena que se produce a medida que transcurre el año. Un método antiguo de asignar nombres se basa en las estaciones y en los trimestres del año. Por ejemplo:La luna del huevo (la luna llena antes de Pascua) es la primera luna llena que tiene lugar después del 21 de marzo.
En la práctica moderna, sin embargo, se deben asignar los nombres tradicionales basados en el calendario en el mes en que cae la luna llena, por ejemplo: luna llena de marzoluna llena de septiembreluna llena de agosto, etcétera.



Trasteando por la web, buscando cuentos infantiles que tuvieran como tema principal la luna, me he encontrado éste tan bonito en este blog:

http://elpatiointerior.com/2011/03/19/un-cuento-infantil-para-la-luna-llena/

HISTORIA DE A.
Esta es la historia de una niña cuyo nombre comienza por A. Hoy en día, la niña de nuestro cuento es mucho más alta que entonces y su pelo es mucho más largo; pero su nombre sigue comenzando por A.
Pues resulta que A. vivía en una gran ciudad, rodeada de coches y edificios muy altos y gente que caminaba de un lado a otro con mucha prisa. Desde una de sus dos terrazas, A. divisaba los tejados de otras casas y toda la inmensidad de su ciudad, la cual le gustaba mucho y no cambiaría por ninguna otra.
A. era una niña muy tranquila y ordenada. Su habitación estaba pintada de amarillo y violeta y cuando se apagaba la luz, en el techo aparecían estrellas que brillaban en la oscuridad. La madre de A. apenas tenía que preocuparse por ordenar su cuarto, o hacer su cama o todas esas  cosas que se hacen a los niños pequeños, porque su hija siempre colocaba cada cosa en su lugar y jamás se le olvidaba hacer lo que tenía que hacer.
Pero ocurrió que una noche, A. se había quedado hasta muy tarde apoyada en la barandilla de su terraza, mirando las luces de las otras casas y escuchando el sonido de la ciudad que dormía. Cuando quiso darse cuenta, todos en su familia se habían acostado, y ella era la única que quedaba despierta. Así que entró de nuevo en su casa. Todo estaba a oscuras. Era la primera vez que A. lo veía todo tan negro y silencioso. Escuchó un grifo goteando en la cocina y ruidos que parecían venir de detrás de todos los muebles. Corriendo, atravesó el  pasillo y se metió en la cama.
Pasaron unos minutos, pero A. no podía dormir; tenía miedo. En una esquina de la habitación había una pequeña ventana que aquella noche se había quedado abierta. A. se dio cuenta de ello porque  empezó a tener mucho frío. Entonces abrió los ojos y todo el miedo que tenía desapareció de pronto, porque pudo ver un fino rayo de luz que entraba por la ventana y que lo iluminaba todo.
“Es un rayo de luna”, pensó A., y se levantó de la cama para asomarse. Allí en lo alto, colgando del cielo, vio como La Luna le sonreía, y casi sin quererlo A. se montó en el rayo y comenzó a levantarse del suelo. La ventana era bastante pequeña, por lo que le costó atravesarla, pero al final, A. se vio flotando en el aire, elevándose poco a poco. “¡Estoy volando!”, pensó…
En La Luna se estaba bien. Nada más llegar, A. miró hacia abajo y vio La Tierra como una pelota azul, pero no pudo distinguir su ciudad y mucho menos su casa. La Luna seguía sonriendo y A. también lo hacía, por lo que ambas se hicieron muy amigas. Jugaban juntas y el tiempo parecía pasar más rápido de lo normal.
Pero de repente A. se dio cuenta de que tenía que regresar. Tenía que ir al colegio, y su madre pronto entraría en su habitación para despertarla. “Gracias Luna, pero ahora me tengo que ir. Me gustaría volver a visitarte”,  dijo. Y siguiendo el mismo rayo que la había llevado hasta allí, pero en sentido contrario, volvió a su casa. Se puso muy contenta cuando volvió a ver las luces de su ciudad, y mucho más cuando distinguió por fin la terraza de su casa. Cuando volvió a entrar por la ventana y se metió en la cama, el rayo de luna desapareció silenciosamente y todo volvió a quedar a oscuras, pero se quedó dormida porque ya no tenía miedo.
Muchas otras noches, A. volvió a seguir el rayo de luna para jugar con su nueva amiga. La Luna no hablaba mucho, pero a ella no le importaba. Se llevó con ella muchos juguetes que tenía esparcidos por toda la superficie y  nunca se aburría.
A veces, La Luna era como una rodaja de melón y había menos sitio para jugar. Pero otras era como un enorme queso, y entonces A. corría  y corría alrededor y La Luna nunca se acababa. A. también se dio cuenta de que otras noches, su amiga nunca aparecía en el cielo por mucho que esperaba.
A. pensaba que nadie podría darse  cuenta de sus viajes nocturnos, pero una noche, antes de acostarse, su madre le  dijo: “Hace dos días que no has hecho tu cama”. A. se quedó sorprendida, porque ella nunca olvidaba lo que tenía que hacer. “Te  has olvidado los libros en el portal”,  dijo otro día la señora que vivía en la puerta de al lado. “Te estás volviendo una despistada”, le increpó una mañana su padre, viendo cómo se había puesto un calcetín de cada color.
A. comenzó a preocuparse, porque se dio cuenta de que algo le estaba ocurriendo desde que por las noches abandonara su cuarto a bordo del rayo lunar. Incluso un día estuvo a punto de olvidarse de que tenía que regresar a La Tierra, y su madre por poco la descubre.
Una noche en que La Luna parecía un enorme pan dorado, al que le faltaba un mordisco a un lado, A. explicó el problema a su amiga. “Yo antes no era tan despistada”,  dijo al terminar de hablar con un hilo de voz. La Luna seguía sonriendo y contestó: “No te preocupes. La razón de todo esto, es que cada día perteneces un poco más al mundo lunar y un poco menos a La Tierra. Y en La Luna no hace falta ordenar tu habitación, o hacer tu cama o acordarte de la hora a la que tienes que hacer algo. Ni siquiera hace falta acordarte de las cosas, porque aquí nada de eso importa.”
A. escuchaba muy atentamente toda aquella explicación. “¿Y qué puedo hacer ahora?”, preguntó. “Tendrás que dejar de visitarme tan a menudo, porque puede que algún día olvides que tienes que regresar,  y darías un gran disgusto a tus padres. Pero puedes venir de vez en cuando. Así pertenecerás sólo un poco al mundo lunar, y no te despistarás ni te olvidarás tanto de las cosas. De esta manera podrás volver a ser casi como eras antes. Yo siempre estaré aquí arriba.”, respondió La Luna por primera vez algo triste.
A. comprendió perfectamente lo que su amiga le había explicado, y pensó que sería mejor hacer lo que ella decía, para no dar ningún disgusto a sus padres. Se despidió con un abrazo muy fuerte y montó en el rayo de luz que le conduciría hasta su ventana…
Siguió visitando a La Luna de vez en cuando; siguió viajando en el rayo de luz y contemplando La Tierra como un precioso globo azul flotando a lo lejos. Y cada vez que se despistaba o su madre le regañaba por haberse olvidado de algo, ella sonreía y pensaba: “…pero yo conozco a La Luna”.

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